Opinión
Fidel Castro: ¿Lo absolverá la historia?
22 de Febrero de 2017

 

@amadoavendanov

Unión de Periodistas, febrero. Sin duda Fidel Castro fue uno de los grandes personajes de la historia contemporánea. Un imán para la prensa mundial a partir de la hazaña que representó derrocar a Fulgencio Batista en 1959, quien mantenía la isla bajo un régimen dictatorial y al mismo tiempo como un burdel de Estados Unidos.

Aun cuando la premisa central de la revolución cubana era la restauración de la democracia en aquella región, el romanticismo que representó aquel puñado de hombres encabezados por Castro favoreció dejar de hablar de democracia, adoptar la ideología socialista y sustituir un régimen dictatorial por otro.

Más allá de los indicadores de los avances en materia de educación, salud y desarrollo en Cuba, que circularon tras su deceso, y la  evidencia de la transformación que logró desde sus primeros años como gobernante, el punto de quiebre del castrismo está en tres rubros insalvables e indefendibles para ese régimen: la falta de democracia, de respeto a los derechos humanos y la casi inexistente libertad de expresión.

Hace casi 70 años que en Cuba no se elige de manera democrática a un presidente. Hace casi 60 no hay libertad de expresión. Es evidente: no se puede ejercer el oficio de periodista (más que quienes son corresponsales extranjeros), pues lo que hay son redactores de noticias al servicio del Estado y medios oficiales; lo demás son esfuerzos clandestinos y marginales.

Desde mi perspectiva personal y profesional, en mi formación de comunicador, después de la vida lo más sagrado que tiene una persona es su libertad, para expresarse, para decidir, para actuar. Soy hijo de dos periodistas tan libres, que no hubieran tenido cabida en un régimen como el de Fidel Castro, pues de haber tratado de ejercer el periodismo como lo hacen desde hace casi cinco décadas en México, hubieran sido encarcelados o desaparecidos por el Estado o, en el mejor de los casos, se hubieran visto obligados a dedicarse a otra cosa.

Lo mismo les hubiera sucedido si en un país como aquel se les hubiera ocurrido dedicarse a la defensa de los derechos humanos como lo hicieron cuando fundaron junto con don Samuel Ruiz el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas a principios de los años 90. Y si a alguno de ellos se hubiera atrevido a aspirar a un cargo de elección popular en Cuba, simplemente se habría tragados sus aspiraciones.

Pero al enfocarnos a lo que estrictamente nos ocupa, para el ejercicio del periodismo hay una sustancial diferencia entre un país donde la libertad de expresión no está garantizada, como en México (aunque sea un derecho), y otro donde está expresamente prohibida y consiste en que, en el segundo, quien la ejerce está violando la ley.

En Cuba no hay Cármenes Aristegui ni revistas Proceso, ni reportajes como el de la casa blanca, ni comentarios antisistema en redes sociales. Sé que hay a quienes  incomoda que alguien se refiera al régimen cubano como una dictadura, pero recurrir a eufemismos sólo contribuye a la simulación.

Sé también que hay quienes han visto en estos años a Cuba como un modelo a seguir en lo social y lo ideológico y por su tenacidad de hacer frente durante décadas a gobiernos estadunidenses y no sucumbir ante un brutal bloqueo, principalmente económico, que  parece haber congelado en el tiempo la vida cotidiana de la isla, aun con el respaldo soviético que contribuyó en su momento a evitar el colapso.

El heroísmo que se atribuyó a los cubanos por su resistencia y blindó a Castro ante los embates y las críticas de ideologías contrarias del mundo capitalista, sobre todo en América Latina, contribuyó también a blindarlo en su imagen, a gozar de algunas canonjías en el plano internacional y a exacerbar el nacionalismo en beneficio de la unidad ante la amenaza yanqui.

En realidad Fidel, quien sobrevivió a incontables atentados, nunca tuvo la valentía de permitir la libertad de expresión, pues ningún régimen dictatorial es tan sólido como para sobrevivir a ella. La crítica es al dictador lo que el agua a la piedra: termina por desgastarlo.

¿A qué puede aspirar un pueblo que carece de libertades, de democracia y de respeto a los derechos humanos? ¿Se habría justificado una dictadura tras el régimen de apartheid en Sudáfrica?

Todo el mundo está en su derecho de aspirar a vivir en el tipo de régimen de gobierno que prefiera, pero me resulta un contrasentido como periodista aspirar a vivir en un régimen dictatorial, por más romántico que resulte.

O más aún, resultaría poco congruente exigir en mi país que se garantice el pleno ejercicio de la libertad de expresión, el respeto a la voluntad popular en las urnas y a las garantías individuales, pero en cambio pasar por alto en otro el encarcelamiento de quienes pretenden difundir ideas contrarias al régimen gobernante, la existencia de un partido único y la violación sistemática a los derechos humanos a quienes piensan diferente.

No sé si la historia termine absolviendo a Fidel. Ese será, como él lo dijo en 1953 cuando fue condenado por el salto al cuartel Moncada, oficio de la historia. El nuestro, como periodistas, es ejercer a plenitud nuestra libertad de expresarnos y defender este derecho sagrado.


Escrito por: Amado Avendaño