Una niña que supuestamente busca a un adulto. Unos padres cuya presunta ausencia es una excusa para lo ocurrido. Una actriz adulta que sustituye a la intérprete infantil justo cuando la historia aborda el abuso. En la serie Timbiriche, estos recursos favorecen una lectura que debería resultar inadmisible: que Sasha Sokol tuvo alguna responsabilidad en la violencia que sufrió.
Sasha tenía 14 años; Luis de Llano, 39. Ella integraba un grupo infantil y él era un productor con poder sobre su carrera. Además, su responsabilidad ya fue juzgada: en junio de 2025, la Suprema Corte dejó firme la condena civil en contra de Luis de Llano por abuso y daño moral. El caso quedó resuelto judicialmente. La responsabilidad del productor no está por definirse. Está definida y sentenciada por la máxima autoridad en México.
Por eso importa cómo se cuenta esta historia. En su columna “Nada de Sasha sin Sasha”, publicada en Milenio el 17 de octubre, Ricardo Raphael cuestiona que la producción presente a la adolescente como quien busca seducir al adulto. Esa decisión altera el reparto de responsabilidades: coloca la iniciativa en la niña y permite contemplar al productor como alguien que se dejó llevar.
Una adolescente puede experimentar enamoramiento, admiración o curiosidad. Ninguna de esas emociones exime al adulto de su responsabilidad. Mucho menos cuando existe una relación de autoridad profesional. Convertir la disposición afectiva de una menor en explicación del abuso reproduce una de las narrativas que más han servido para justificar la violencia sexual contra menores en nuestro país: ella se lo buscó.
La supuesta ausencia de los padres cumple una función semejante. Desvía la atención de la conducta del productor. Las eventuales omisiones de otros adultos pueden examinarse, pero no disminuyen la responsabilidad del abusador. Tampoco una ficción puede convertirlas, por conveniencia dramática, en verdades sobre una familia real.
El recurso visual es igualmente significativo. Raphael señala que, cuando Sasha cumple 15 años en la serie, Cleo Buscaglia es sustituida por Macarena García, una actriz con 25 años cumplidos. El personaje apenas cumple un año más, pero la pantalla introduce un cambio que puede hacerlo parecer sustancialmente mayor y reducir la percepción de la diferencia de edad respecto del adulto.
El problema no radica en contratar a una actriz adulta para interpretar a una adolescente. Radica en utilizar esa transición de manera que la condición de menor de edad pierda fuerza visual precisamente cuando es indispensable para comprender lo ocurrido. La apariencia de una pareja más cercana en edad puede suavizar aquello que la narración tendría que hacer visible: una profunda desigualdad de poder.
Estos recursos, considerados en conjunto, revictimizan al devolver las preguntas hacia Sasha y familia mientras ofrecen atenuantes narrativos al productor. La niña parece más grande, parece más dispuesta y parece menos protegida. El adulto parece, entonces, menos responsable.
La licencia creativa no basta para responder a ese cuestionamiento. Quienes convierten el abuso sufrido por una persona real en entretenimiento deben hacerse cargo de las interpretaciones que favorecen sus decisiones. Presentar la historia como ficción no elimina esa responsabilidad.
Una producción con el alcance de ViX podría contribuir a reconocer las formas en que el poder y la admiración facilitan el abuso. En cambio, el tratamiento cuestionado reproduce las excusas con las que durante décadas se ha enseñado a las víctimas a sentirse culpables.
Sasha seguía siendo una menor de edad. Ningún cambio de actriz ni recurso de guion debería servir para hacer menos evidente la responsabilidad de quien abusó de ella.






